Tal vez no sea la primera imagen que vea en el día la de mis pies y mis brazos cayendo de manera perezosa hacia el suelo, pero es la primera en la que puedo estar con al menos algo de conciencia para recordar este momento.
Cuando cuesta mucho levantarme, la imagen de mi rostro en la mañana siempre me da la fuerza necesaria para meterme a la ducha.
Mientras me paseo por las calles de Santiago antes de entrar a mi facultad, envidio a aquellos que si andan con su paraguas.
La imagen en la que más me fijo cada vez que estoy frente a una calle, siempre esperando a que ese hombrecito rojo cambie por su tocayo de color verde, y me de la señal para cruzar al otro lado.
Los asientos del bus que tomo para llegar a Santiago, es lo último que miro antes de cerrar los ojos durante el viaje y recuperar las horas de sueño.